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Comer y respirar, actividades de alto riesgo en China

“Todos los días me pregunto lo que podemos comer sin riesgos. En la carne de cerdo hay clembuterol. En el buey y el cordero hay aditivos nocivos. Y ya no nos atrevemos a beber leche.”
Los chinos piensan que vivir sanamente es un deber. El que cae enfermo es responsable de no haber hecho lo necesario para mantenerse sano. Pero como ilustra la queja del internauta Yunqing Fengjing (“Nubes claras-viento calmo”) en el sitio de ‘microblogging’ de Sina Weibo, este viejo precepto no tenía en cuenta el clembuterol, la melamina, el cadmio, los pesticidas, el plomo, el mercurio y otros muchos horrores que envenenan los alimentos de los chinos de hoy día, la tierra en la que viven y el aire que respiran.
Actualmente, después de numerosos fraudes devastadores para la salud pública, el consumidor chino se pregunta todos los días lo que puede comer sin temor.
Entre 2007 y 2011, el comercio del clembuterol floreció entre los criadores de cerdos. Este anabolizante, empleado también como sustancia dopante en el mundo del deporte, disminuye la proporción de grasa en beneficio de la carne magra, más cara.
La melamina, que hace subir engañosamente la tasa de proteínas, fue masivamente empleada en la leche en polvo para bebés. En 2008 mató a al menos a seis niños pequeños y unos 300.000 sufren aún, a causa de esa sustancia, problemas renales graves. Pese al enorme escándalo provocado, más de 2.000 toneladas de leche en polvo con melamina fueron descubiertas en 2010.
El testimonio de “Nubes claras-viento calmo” no para ahí. También habla de la presencia de talco en el tofu y de recelo ante las frituras. “No nos atrevemos a comer alimentos fritos porque ¿quién puede garantizar que no fueron cocinados con aceite reciclado recogido en la calle?”. Los chinos llaman “aceite de canalón” el recuperado a la salida de los restaurantes y filtrado, para luego ser puesto en circulación en el mercado, una práctica muy extendida. En cuanto a la harina, según el mismo internauta, “es tan blanca que resulta espantosa”.
Al igual que en Europa o Estados Unidos, quienes tienen medios compran productos ‘bio’ u orgánicos, pero incluso la fiabilidad de esas etiquetas está en duda. Los máximos dirigentes del país están no obstante al abrigo de percances, ya que desde la época maoísta disponen de sus propias granjas, según el autor de un libro sobre el tema, Gao Zhiyong.
Los estafadores culpables de envenenamientos distan de ser la única encarnación de los temores de los chinos en materia de salud. Tres décadas de vertiginosa industrialización han devastado el medio ambiente y engendrado otras amenazas.
En Guangxi (sur del país), la contaminación con cadmio del río Longjiang a lo largo de 300 kilómetros provocó en enero un consumo desenfrenado de agua embotellada. A comienzos de febrero se produjo una ola similar de pánico en Zhenjiang, entre Shanghai y Nankín, una de las regiones más industrializadas y ricas de China. Según un estudio gubernamental publicado el pasado otoño, los metales pesados como el plomo, el cadmio o el mercurio contaminan alrededor del 10% de las tierras cultivables del país.
En la mayor parte de las provincias chinas, se encuentran “pueblos del cáncer”, donde la contaminación del agua, la tierra o el aire con metales pesados ha dado lugar a muchos tumores. El colmo de la ironía es que cerca de Laizhou, en la provincia de Shandong, la oficina de medioambiente dio inexplicablemente a una de esas ciudades, Tushan, el label de “comuna de la longevidad”, una distinción normalmente sometida a criterios de calidad del aire y el agua, espacios verdes y tratamiento de residuos. Y ello pese a que allí se observó un número anormalmente elevado de cánceres por la presencia de plantas químicas, una de las cuales fabrica el insecticida Profenofos.
Los pesticidas vaporizados en gran cantidad sobre algunos cultivos, como el algodón, han originado graves problemas de salud, que no siempre aparecen en las estadísticas. Las carencias en materia de reembolso de los gastos de sanidad hacen que un gran número de personas, sobre todo campesinos, prefieran no ser hospitalizadas cuando se saben afectadas por una enfermedad grave, por miedo a convertirse en un fardo económico para la familia.
La toma de conciencia de estos peligros, y la consiguiente indignación, han aumentado en los últimos años. Las protestas contra la presencia de fábricas contaminantes se multiplican. Incluso el gigante informático Apple se ha visto en el punto de mira. Según organizaciones ecologistas, algunos proveedores de la empresa norteamericana emitieron sustancias tóxicas cerca de las fábricas.
En septiembre, las autoridades ordenaron el cierre provisional de una fábrica de paneles solares de Jinko Solar en Haining, provincia de Zhejiang (este), acusada por el ayuntamiento de emitir fluoruro en altas dosis y de ser responsable de al menos seis casos de leucemia. Jinko Solar aseguró más tarde que tomó en consideración las recomendaciones de los expertos para evitar las fugas tóxicas.
Las autoridades chinas quedaron en evidencia cuando muchos pequineses, descreídos de las mediciones oficiales de polución atmosférica que anunciaban una calidad conveniente de aire, fueron a informarse en el sitio ‘web’ de la embajada de Estados Unidos. Ahí descubrieron que los indicadores oficiales no incluían las partículas PM 2,5, las más finas y también las más peligrosas para la salud. Tras esto, las autoridades empezaron a tomarlas en cuenta.
En Sina Weibo, un internauta que se hace llamar “Refugiado” ironiza: “Estaría bien que la gente de la Administración estatal para la radio, el cine y la televisión (el organismo responsable de la censura) fuera responsable de la seguridad alimentaria, y que los de la Administración estatal para la seguridad de los alimentos y los medicamentos se encargara de visionar y autorizar la salida de las películas. De esa forma, los chinos podrían comer alimentos seguros y ver películas no censuradas”.
Coles a la venta en un mercado de Shanghai el 8 de mayo pasado. China está investigando si algunos vendedores de verdura echan sustancias como el formaldehído para mantenerlas con aspecto fresco, en una nueva amenaza a la seguridad alimentaria en el país.
Un vendedor de leche sirviendo a un cliente en un puesto al aire libre en la localidad china de Datong, en la provincia de Shanxi, el 7 de febrero pasado.
Un trabajador repartiendo garrafas de agua a clientes por las calles de Pekín el 7 de julio de 2011. El agua embotellada ha sido la opción de muchos chinos ante la contaminación de algunos ríos, aunque también el agua vendida en supermercados puede contener bacterias malas para la salud.

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