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¿Rajoy o la mujer del César?

Hoy empieza el tramo final de la Cumbre de Rio+20 y lo hace con un texto francamente decepcionante en el que se ha eliminado una de nuestras principales expectativas: el establecimiento de un plan de rescate para los océanos que incluyera un acuerdo de implementación para la protección de las aguas internacionales bajo el Convenio de Naciones Unidas del Derecho del Mar (UNCLOS); también se ha abortado la transformación del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente en una Agencia de Naciones Unidas con mayor presupuesto y rango de acción; tampoco se establecen objetivos concretos en materia económica, no se aborda el necesario fin de la deforestación o la implantación de energías renovables y, en general, se ignora por completo el llamamiento de la ciudadanía mundial para la eliminación de los subsidios a los combustibles fósiles.

En resumen, un texto mucho peor que el que se firmó en su día en Río 1992 cuyo mérito hay que atribuir al papel de algunas de las grandes compañías mundiales. Algo que tampoco debe sorprendernos si leemos las conclusiones de la encuesta sobre sostenibilidad en el sector empresarial publicada por Naciones Unidas el año pasado y en la que el 81% de los directivos preguntados consideran que “ya hacen suficiente para integrar la variable ambiental en sus negocios”.

No se trata de demonizar al sector empresarial en general, porque no todas las compañías presentes en Río juegan el mismo papel, pero sí de tener claro que muchas de las que se muestran como negocios sostenibles tienen intereses en los sectores que generan, precisamente, los problemas que aquí se vienen a tratar. Lo demostró Greenpeace hace veinte años, cuando en la cumbre de Río de 1992 presentó el informe “Greenpeace Book on Greenwash” y lo demuestra hoy, presentando su actualización, el informe “Greenwash+20”, en el que aparecen casi las mismas firmas.

Empresas como Duke Energy, Asia Pulp and Paper o Shell que pudiendo invertir en renovables, lidera el negocio de las arenas bituminosas en Canadá o la carrera para perforar el Ártico. Ellas, con el beneplácito de nuestros gobiernos, siguen interponiendo su negocio a nuestro futuro algo que nos sale caro en términos ambientales pero también económicos ya que, según ha calculado KPMG, si las compañías internalizaran sus costes ambientales perderían 41 céntimos por cada dólar de beneficios algo que, mientras no lo hagan, pagamos entre todos.

Afortunadamente cada vez son más las compañías que entienden que si queremos dejar un planeta habitable a las generaciones futuras es indispensable poner límites a la avaricia. Ejemplos de ello son Google, que se ha comprometido a importantes inversiones en energías renovables, Nike y H&M que están eliminando los tóxicos de sus cadenas de producción o Mango y Bodegas Torres, por citar dos de las españolas que están pidiendo mayores compromisos de reducción de emisiones.

No podemos esperar que los empresarios que se están haciendo millonarios con la destrucción del planeta se autolimiten, pero sí que nuestros políticos les corten las alas. Algunos, como Rajoy, llegan hoy a la cumbre de Rio+20, procedentes de la reunión del G20, esperemos que cambien de chip y que se acuerden que aquí la cosa va de proteger el medio ambiente y la economía de la mayoría. Eso o que admitan directamente que, a diferencia de la mujer del Cesar, ellos ni son honestos ni tienen interés en parecerlo y nos ahorren tres largos días de trabajo que pueden terminar en nada.

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